sábado, 21 de septiembre de 2013

M'agradaria


La seva bellesa desprèn candor.
Quan ella arriba, dolça com la mel,
em sembla un àngel vingut des del cel,
tot s’il·lumina, tot sembla millor.

La seva puresa m’inspira amor...
però mai no em veu, llàgrimes de fel.
No sóc prou bo en aquest funest duel,
sinó un monstre repugnant, un horror.

M’agradaria tant tenir bon cos!
M’agradaria tant saber-ho tot!
Llavors ella sabria que existeixo...

Però passa de llarg amb pas veloç
i s’abraça al ferm tors del seu xicot.
Què patètic sóc! Ni viure mereixo...

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 21 de setembre de 2013.
Imatge: Detall d'El naixement de Venus (1483-1484) de Sandro Botticelli.
Text de Joan Fontanillas Sánchez.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Platges emporitanes


A les fredes platges emporitanes  
collim un tresor de buides petxines:                      
escopinyes, cloïsses, tellerines                              
que arrosseguen les onades llunyanes.              
 

Ens observen en silenci les planes                          
que, avui cobertes de velles ruïnes,                       
protegien abans forces divines                                 
entre muralles gregues i romanes.                        
 

Ara, a desgrat del poderós Asclepi,                        
cadascun dels seus devots habitants                     
jau devorat per l’oblit implacable.                       
 

Permeteu-me, un cop més, que jo discrepi     
si menyspreo deïtats tan distants                         
per llençar-nos a la mort miserable. 

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 4 de setembre de 2013.
Fotografia: L'Asclepi d'Empúries (Joan Fontanillas).
Text de Joan Fontanillas Sánchez.

domingo, 18 de agosto de 2013

Siurana


Des dels prominents cingles de Siurana,
s’albiren rocallosos espadats                     

que desperten mig enteranyinats         
quan la boira matinal s’hi agermana.

Llavors el breu sol ixent engalana       
les aigües del riu amb llustres daurats
i saluda alegre els camps conreats         
que envolten l’alcàsser de la sultana.

Davant la bellesa d’aquest paisatge,     
s’entén que la reina mora saltés             
a galop i marqués la dura roca...              

Qui podria gaudir d’aquest paratge       
i suportar trist exili després?                  
Saltà, saltà contra la dura roca!


Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 18 d'agost de 2013.
Fotografia: vistes de Siurana de Prades.
Text de Joan Fontanillas Sánchez.

martes, 13 de agosto de 2013

Qüestió de sort


Amagada en un racó fosc i brut,               
la van trobar un dimecres de maig.         
Veient-la sola, vaig pensar: “Què faig?”          
i, en un moment, ja me l’havia endut. 
 

Quan la duia pel carrer costerut               
a casa meva –no tinc pas garaig-,              
ella tenia d’edat un mes i escaig          
i roncava, feliç d’haver vingut.             
 

Ara, passa els dies fent el cor fort,          
jaient en brodats coixins de setí,             
i badalla com si res li calgués.                  
 

El seu germà no tingué tanta sort            
i, esclafat enmig de l’aspre camí,         
morí sense que ningú l’ajudés.

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 13 d'agost de 2013.
Il·lustració: Cartell modernista del cabaret Le Chat Noir, de Théophile Alexandre Steinlen.
Text de Joan Fontanillas Sánchez.

jueves, 1 de agosto de 2013

Sàtir bregat

 

Quan em vaig despertar molt aviat,   
després d’un somni farcit de neguit,
vaig trobar-me estirat en el meu llit,
convertit, ai las, en sàtir bregat.
 

“No pot ser!”-vaig cridat tot espantat.
Palpava les banyetes amb el dit, 
les cames... eren potes de cabrit 
i la cua, grossa com un pecat.
 

“Què diran? Què faré?” -dubtava tant! 
Panxut com un gran odre ple de vi,
dels nervis m’estirava les orelles.
 

Vaig obrir el finestral i, saltant, 
fugí als feréstecs boscos de garbí, 
exclamant: ”Ara vinc, nímfules belles!”.

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el dia 1 d'agost de 2013.
Il·lustració: Bust de satir (1621), de Jacob Jordaens.
Text de Joan Fontanillas Sánchez.

domingo, 16 de junio de 2013

Flors


Els camps, un any més, s’omplen de colors
quan reviscola la colza ben dreta; 
les prades vesteixen de groc burleta
i el temps cíclic rebrota les olors.

Malauradament, no totes les flors
són de vida ni alegren el poeta.
Algunes flors dormen a la cuneta;
són rams de mort, palplantats entre plors.

Vells amics meus, com us trobo a faltar! 
Uns capellans m’han dit que reposeu
a la distant illa dels benaurats...  

Què saben ells dels blaus cels d’ultramar!
La flor que, trepitjada pel fat, jeu   
mai més no s’alçarà entre els espigats.

Publicat a www.lapiedraquehoradalalluvia.blogspot.com en format video el 15 de juny de 2013.
Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 16 de juny de 2013.
Foto: camps de colza.
Text de Joan Fontanillas Sánchez

domingo, 26 de mayo de 2013

La fotografía de K


Desde que tengo uso de razón admiro a las dos K. Anatoly Karpov y Garry Kasparov. Ha habido otras K, como Keres, Korchnoi o Kramnik pero todo el mundo sabe que estos ajedrecistas no han brillado con tanta intensidad ni durante tanto tiempo.

Para empezar, cabe recordar que tanto Keres como el disidente Korchnoi, superviviente de los horrores de Stalingrado, rozaron la corona mundial en varias ocasiones pero no llegaron a ostentar jamás el título de Campeón del Mundo. Kramnik sí que llegó a ocupar el primer puesto pero nunca lo hizo de un modo claro y convincente. Incluso siendo campeón, siempre hubo otros jugadores que le aventajaron en cuanto a resultados.

Por el contrario, tanto Karpov como Kasparov marcaron una época en la historia del ajedrez. Juntos suman casi treinta años de supremacía ininterrumpida y sus legendarios duelos permanecerán siempre en la memoria de millones de aficionados. Sólo hay, por tanto, dos K.

Desafortunadamente, nada es eterno en este mundo y mucho menos en el Olimpo del ajedrez. La edad indefectiblemente a todos nos pasa factura. Incluso a las dos K. Tanto Karpov como Kasparov tuvieron su momento de gloria y se les respeta por ello aunque, ahora, ninguno de ellos practica ya el ajedrez si no es para tomar parte en algún acto benéfico o de promoción del noble juego de reyes.

Mi admiración por ellos nunca ha dejado de crecer desde mi más tierna infancia. Siempre he sido un simple aficionado, demasiado insignificante como para ser conocido. Además, vivo muy alejado de los grandes torneos. Los astros del tablero juegan siempre entre sí, sin mezclarse con los mediocres. No resulta extraño, pues, que nada supieran de mi existencia y que yo tuviera que conformarme con seguir sus logros desde las revistas especializadas o Internet. Por fortuna, todo esto cambió el día en que Kasparov anunció que visitaría Barcelona para promocionar el último de sus libros. Por lo visto, finalmente le conocería.

Su nueva obra no era un tratado de ajedrez –área en la que nadie discute su genial maestría- sino más bien un ambicioso libro de autoayuda en el que Kasparov establecía un rotundo paralelismo entre la vida y el ajedrez. En la contraportada aparecía una foto suya con cara de psicólogo de diván. Exhibía una expresión cansina, como si ya conociera todos los entresijos de la vida y, en un alarde de generosidad, estuviera dispuesto a compartirlos con el resto de mortales.

Los organizadores –unos grandes almacenes de la ciudad- habían anunciado a bombo y platillo que el autor firmaría ejemplares de su libro esa misma tarde así que compré uno de sus libros y, en compañía de mi amigo el actor, hice cola para lograr un autógrafo. La espera fue larga pero valió la pena. Allí estaba él. En persona. Algo más viejo y sin la mirada asesina que, según los periodistas, le caracterizaba. Su pelo había encanecido y asomaba en su cabeza una creciente coronilla. Mostraba un rostro afable aunque imperturbable, como de jugador de póquer. Se sentó y comenzó a firmar autógrafos con una destreza admirable. Se notaba que estaba acostumbrado a todos esos paripés.

La cola avanzaba deprisa, pero no lo suficiente. Los que esperábamos al final tuvimos tiempo de charlar sobre su polémica persona y pude constatar que la gran mayoría de los asistentes no eran lo que se dice fans suyos, sino más bien simples curiosos. De haber tenido unos cacahuetes a mano, seguro que más de uno se los habría arrojado al ruso para ver cómo reaccionaba. Admiro a ese tipo. De verdad. Pero no sé por qué extraña razón no pude contenerme y grité junto a mi amigo el actor “¡Viva Karpov!” un par de veces. No sé por qué lo hice. De verdad. Quizá fue para ayudarle a recuperar su instinto asesino. No lo sé. Los guardaespaldas de Kasparov miraron hacia nuestra zona en busca de culpables pero, incapaces de detectarnos entre la multitud, pusieron caras largas y se mantuvieron alerta.

Por fin lo tuvimos delante y pude entregarle mi libro –o su libro, según se mire-. Una azafata, muy mona ella, estaba a su lado y me preguntó el nombre. Cuando se lo dije, lo anotó con buena letra en una hoja y se lo mostró al campeón para que éste no cometiera ninguna falta de ortografía. ¡Qué profesional! Me lo dedicó y, tras rubricarlo, me dio la mano con firmeza, como si fuéramos a comenzar una partida por el Campeonato del Mundo. Sonreí atolondradamente y logré que mi amigo el actor nos echara una fotografía con mi viejo teléfono móvil. ¡Menuda suerte! Traté de demorar el momento todo cuanto pude, sin soltar su mano, pero los guardias de seguridad me tomaron del brazo y me invitaron amablemente a despejar el mostrador.  

Mi amigo el actor también estuvo de suerte y obtuvo su autógrafo. Debo confesar que Kasparov hizo mejor letra en el ejemplar de mi amigo pero al menos yo tenía una foto con él. No era muy buena, lo reconozco, pero ya servía. Se me veía media cara pero se me identificaba perfectamente justo en el momento en que nos estábamos estrechando la mano.

Llegué eufórico a mi casa y fui enseñando la foto a todo el mundo. Pensé en grabarla en mi ordenador por si ocurría algún percance pero lo demoré unos pocos días y, cuando quise darme cuenta, mi móvil falleció. Todavía no sé exactamente qué ocurrió pero creo que fue la batería o el mecanismo de recarga. El caso es que mi móvil murió y con él las valiosas fotos que había almacenado en su interior. El suceso me afectó terriblemente y no tardé en sufrir una grave crisis personal. Apenas pude pegar ojo durante varios días pero, afortunadamente, todavía conservaba su firma y eso me ayudó a recuperar las ganas de vivir y seguir adelante.

El tiempo pasó y por fin llegó otra gran oportunidad. Esta vez era el mítico Karpov quien daría una exhibición en una conocida sala de fiestas de Barcelona. Cuando tuve noticia de su visita, no lo dudé un instante y acudí al evento con mis mejores galas. Se me brindaba una segunda ocasión así que enfundé mi cuerpo serrano en un traje gris que reservo para bodas y bautizos y anudé a mi cuello una de mis corbatas favoritas, una de color azul eléctrico que muestra un estrambótico estampado de piezas flotantes de ajedrez.

Como suele ocurrir en tales ocasiones, no fui solo. Me acompañaba otro amigo, el escritor de tragedias. Mi amigo había acudido con traje y corbata, como suele ser habitual en él. Parecía un sabio despistado o, peor aún, un seminarista de aviesas intenciones aunque, en general, podría decirse que vestía con corrección. Casualmente, este amigo llevaba una cámara fotográfica. No es que mi acompañante fuera un fan de Karpov, precisamente, y soñara con tener una foto suya en su cuarto, sino más bien era otra cosa. Ocurría que el escritor de tragedias estaba proyectando algunos negocios relacionados con el mundo del ajedrez y, para promocionarse él mismo, buscaba el fotografiarse con grandes jugadores para parecer alguien importante y vender mejor su producto. De hecho, ya había tramado un astuto plan para fotografiarnos con el ruso así que confié en él y nos sentamos entre el público, cerca de las primeras filas.

Apareció en el escenario un señor mayor con esmoquin y, tras un breve discurso, repleto de florituras retóricas, presentó a Karpov. El público irrumpió en aplausos y Karpov hizo acto de presencia de un modo francamente teatral. Salió de entre la bruma, como si fuera un vago espejismo del desierto o una tenue ensoñación wagneriana. Con el pelo liso y grasiento, llevaba un traje caro pero no muy elegante. No cabía duda de que los años no habían pasado en balde y mi héroe de juventud había engordado unos cuantos kilos. Quizá demasiados. Pese a ello, todavía conservaba ese halo mágico que sólo poseen los campeones. Apareció también su rival. Alto y con gafitas de informático. Era Miguel Illescas, nuestro campeón nacional, un gran jugador y todo eso, magnífico empresario, pero nada serio en comparación con Karpov. Estaba claro quién era el favorito. Se dieron la mano con aparente caballerosidad y se hizo un silencio sepulcral. Se sucedieron las primeras jugadas y pronto comenzaron a lidiar en un vibrante duelo a dos partidas.

La verdad es que no me decepcionó. El ruso llegó, vio y venció. Su rival, pese a ser mucho más joven y estar todavía en plenitud de fuerzas, apenas pudo hacer nada frente a la impecable técnica del gélido Karpov. Mi héroe volvió a ganar, como en sus mejores tiempos. Cuando el triunfo se produjo, una riada de aficionados celebró efusivamente la victoria y se abalanzó desordenadamente sobre Karpov. Mi amigo el escritor de tragedias y yo también nos aproximamos al ruso con sincero fervor ajedrecístico y, tras dura lucha, logramos hacernos con uno de sus preciados autógrafos. Karpov se mostraba amable y firmaba con soltura, aunque sin mediar palabra. De todos modos, tampoco hacía falta. Su carácter, sereno y bondadoso, irradiaba una paz tan espiritual que, por un momento, me emocioné y creí verle flotar entre los presentes con un nimbo sobre su santa cabeza.

Cuando el acto hubo concluido para el gran público, mi amigo el escritor de tragedias me relató su plan. Comentó que, en el piso de arriba, unos pocos privilegiados podrían gozar de una selecta fiesta en compañía del Gran Maestro ruso. Ignoro de dónde sacó semejante información pero, habiéndonos propuesto lograr una foto, llegamos a colarnos en la zona VIP sin ser descubiertos y, en un despiste de los servicios de seguridad, pudimos acercarnos al mismísimo Karpov y pedirle con humildad sí era tan amable de hacerse una foto con nosotros. “Of course” respondió el astro con una voz sorprendentemente aguda, casi andrógina. La verdad es que no esperaba un timbre de voz tan agudo, casi aniñado, y me imaginé a Kasparov imitándole en privado, mofándose de él. Mi amigo, el escritor de tragedias, sacó la cámara a toda velocidad e hicimos un posado con Karpov en el centro. Era la foto perfecta. La culminación de toda una vida de aficionado. Yo a la izquierda, Karpov en el medio y mi amigo, el escritor de tragedias, a la derecha.

Luego no sé qué ocurrió con exactitud. La mujer que nos estaba echando la foto puso mala cara y dijo que no cabíamos los tres. ¡Qué inútil! El caso es que lo decía por mí. Me estaba llamando gordo. Karpov hizo una mueca extraña, como si no entendiera qué ocurría. Mi amigo, el escritor de tragedias, no lo dudó un instante y me sacó vilmente del encuadre. Cuando quise darme cuenta, mi amigo ya se había hecho la foto sin mí. Traté de impedirlo y conseguir una segunda foto en la que yo sí apareciera pero ya no fue posible. Un grupo de periodistas me apartó de Karpov a toda prisa y, apoderándose del ruso, se lo llevó en volandas a su camerino. Desolado, jamás volví a verle. Había perdido mi última ocasión.

Lo que ocurrió después todavía fue más confuso. Yo no lo recuerdo bien pero dicen que agarré a mi amigo por el cuello y, sin esperar a que su cara se pusiera morada por la falta de oxígeno, lo precipité por una barandilla al piso de abajo. La verdad es que no fue para tanto y, en todo caso, se trató de un incidente aislado. Por eso espero que usted, amabilísimo señor juez, reconsidere su decisión y estime conveniente el concederme la libertad. 

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 26 de mayo de 2013.
Fotografía: Karpov y Kasparov, disputando el título mundial de ajedrez en 1984.
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

viernes, 17 de mayo de 2013

Absorto


Don Manuel permanecía absorto ante su tablero de ajedrez. Atrás quedaban sus espectaculares partidas contra Luis y Juan, sus viejos camaradas de club. Desgraciadamente el tiempo había mermado a estos veteranos jugadores hasta tal punto que jamás volverían a jugar. Juan se había quedado sordo y sus problemas de corazón acabaron por apartarle de la competición. Luis tuvo que dejarlo cuando perdió la vista por su enfermedad en la retina. El mal de Manuel era diferente. Contemplaba el tablero pensando qué diablos eran esas piezas.

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 17 de mayo de 2013.
Ilustración: Viejo con barba, de Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1630).
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

La discusión



La niña yacía echada sobre su cama mientras jugaba consigo misma al ajedrez. Llevaba puesto un camisón y movía nerviosamente las diminutas piezas de un tablero plegable, intentando hallar, en sus casillas, la paz que no encontraba en su hogar.

Más abajo, en el comedor, discutían acaloradamente su madre y el enésimo novio que ésta se había buscado. Seguramente reñían por algún asunto relacionado con la falta de dinero o, peor aún, con las drogas. De hecho, no era la primera vez que la milicia de Moscú había tenido que acudir a su domicilio tras una denuncia de sus vecinos. Mientras tanto, su hermanito, de pocos meses de edad, sollozaba a pleno pulmón desde la cuna.

La mujer no paraba de gritar como una loca, reprochando a su pareja que hubiera vuelto a gastarse los rublos en alcohol barato y regresara borracho, una vez más, a casa. El hombre no se amedrentaba en absoluto y, completamente fuera de sí, vociferaba a su antojo toda clase de improperios. 

En cierto momento, Katia escuchó un ruido sordo, similar a un golpe brusco, y luego oyó una rotura de cristales. Su madre calló de inmediato. El niño seguía llorando. 

Katia trató de abstraerse de todo aquel alboroto y se concentró en la complicada posición que ofrecía el tablero. Cuando quiso darse cuenta, la puerta de su habitación se abrió de par en par, con un portazo, y apareció en el umbral de la entrada aquel hombre que, por capricho o debilidad de su madre, seguía ejerciendo de padrastro. Se había despojado del cinturón y, mientras entraba, lo enarbolaba amenazadoramente. La niña sabía lo que le aguardaba. No era la primera vez.

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 17 de mayo de 2013.
Ilustración: Girl arranging her hair, de Mary Cassatt (1886).
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

domingo, 5 de mayo de 2013

Tesoro hundido, tesoro maldito


La tempestad llegó de improvisto y cogió por sorpresa a los confiados tripulantes del navío, un viejo galeón español que venía cargado de oro desde las Américas. Nadie esperaba semejante tromba de agua. Ni los más veteranos.

Los vientos huracanados soplaban sin cesar, furiosos y agresivos. Agitaban implacablemente la espumosa superficie marina mientras zarandeaban el barco con un estruendo aterrador. Entretanto, las rugientes olas se levantaban rítmicamente a una altura mucho mayor que la de la embarcación y anegaban completamente la cubierta con el agua fría del océano.

Pese a los esfuerzos de los marineros por gobernar el rumbo de la nave, ésta flotaba a la deriva, sin control alguno, a merced de los elementos. El capitán, completamente empapado, alzaba su sable en todas direcciones y no paraba de dar órdenes a sus hombres con la esperanza de mantener el barco a flote. Desgraciadamente, uno de los mástiles comenzó a quebrarse por la titánica fuerza del viento y acabó desplomándose pesadamente sobre la cubierta. El viejo velamen yacía hecho jirones sobre las cabezas de los asustados tripulantes, que ya temían lo peor. Hubieran tratado de abandonar aquel inhóspito rincón de mundo pero, dadas las circunstancias, el timón permanecía bloqueado por las corrientes marinas y era imposible alejarse de aquella trampa mortal. Sólo cabía esperar.

Al fin el mar se cobró su tributo y, tras un quejumbroso chasquido del casco, la mole de agua engulló completamente al barco y los tablones de madera fueron desapareciendo bajo las olas. Muchos marineros se vieron arrastrados por la corriente marina hasta el fondo del océano mientras el resto de tripulantes, debatiéndose con las fuerzas de la naturaleza, acabó pereciendo por el frío y el cansancio. En su postrero viaje, los cadáveres así como sus pertrechos fueron posándose calmosamente en el fondo marino.

A varios metros de profundidad, el paisaje acuático era muy distinto a la tempestad que se vivía más arriba. Los nutridos bancos de peces multicolores y los llamativos corales permanecían ajenos al caótico movimiento que se vivía en la superficie.

Bajo las olas alguien observaba atentamente el triste destino de los marineros. Un par de tritones contemplaba la escena desde un recóndito escondrijo y tomaba buena nota de dónde caían los restos más interesantes. Los prudentes tritones mostraban una naturaleza claramente híbrida. De cintura para arriba, guardaban un cierto parecido con los humanos aunque sus orejas acababan en punta y su pecho albergaba branquias en lugar de pulmones. De cintura para abajo, los tritones exhibían una robusta y escamosa cola de pez que les permitía zambullirse y bucear con maestría bajo las aguas del océano. Como protección adicional, ambos tritones enarbolaban un tridente perlado cada uno, a modo de defensa, en sus manos palmípedas.

Cuando estuvieron seguros de que todo estaba en calma, los tritones avanzaron hacia los despojos del naufragio. No se inmutaron por la presencia de cadáveres bajo el agua, pues estaban acostumbrados a la dura vida del mar, ni tampoco se sorprendieron por la ingente cantidad de oro que reposaba sobre la arena del fondo marino. Varios arcones con cientos o incluso miles de monedas doradas de ocho escudos yacían ahora en territorio tritón. El ser acuático más robusto, con una cabellera larga y verdosa de una textura muy semejante a las algas, tomó una de las gruesas monedas y examinó ambas caras. En el anverso había un complejo escudo de armas con varios emblemas que el tritón fue incapaz de descifrar. Unas letras que sí pudo identificar decían CAROLUS II D. G. aunque no comprendía el significado de las mismas. Giró la moneda y en su reverso pudo distinguir una cruz rodeada por unas letras borrosas así como los números 1692. Sin darle mayor importancia, el tritón arrojó la moneda al suelo, junto a las otras, y fue en busca de algo más interesante. En esa zona, con un clima adverso y caprichoso, los hundimientos de barcos eran relativamente frecuentes y la presencia de monedas de oro y plata ya no sorprendía ni interesaba a los habitantes del fondo marino. Allí el dinero no significaba nada, ni tenía valor alguno.

Los tritones fueron investigando los diversos objetos que el galeón hundido ofrecía hasta que repararon en la ostentosa presencia de un voluminoso arcón de madera. El baúl estaba cerrado con un candado de hierro pero el tritón más robusto golpeó diversas veces la cerradura con su tridente y el metal cedió a la tercera embestida. Su compañero, más estilizado y sin pelo alguno sobre su calva cabeza, abrió ansiosamente el arcón y, en su interior, tras una cortina de burbujas, hallaron una misteriosa cajita rectangular de madera, ancha y poco profunda, cuya superficie tallada exhibía una extraña y omnipresente cuadrícula que alternaba espacios claros y oscuros en una suerte de mosaico blanco y negro. Al abrirla, encontraron un variado grupo de figurillas en oro y plata que no supieron identificar aunque unas pocas, cuatro a lo sumo, les recordaron a un caballito de mar, aunque sin la cola en espiral. Satisfechos con el hallazgo, los tritones guardaron la cajita con sus figuritas y se la llevaron a Atlantis, la milenaria capital del reino tritón.

Poco más se sabe de lo que ocurrió en aquella ciudad submarina. Se rumorea que, amparándose en la magia, los tritones terminaron por averiguar el funcionamiento de aquellas misteriosas figurillas e incluso aprendieron el inquietante uso de su caja cuadriculada. Desoyendo el consejo de los más ancianos, los tritones más jóvenes utilizaron frívolamente las figurillas para su diversión y aquel inocente descubrimiento pronto desembocó en una peligrosa y absorbente moda. Los tritones se aficionaron al nuevo juego de mesa y rápidamente perdieron todo interés en los asuntos del mar. En un breve espacio de tiempo los océanos quedaron desatendidos y el reino se empobreció terriblemente. El pueblo pasaba hambre y, poco a poco, los tritones se volvieron cada vez más esquivos y huraños. En lugar de ser amigos y colaborar, competían entre sí y comenzaron a verse los unos a los otros como simples adversarios o incluso enemigos. Los que invertían más horas en aquel oscuro pasatiempo desarrollaron incluso un comportamiento apático y renuente que rozaba la misantropía. No participaban de las actividades de la comunidad y llevaban una vida sospechosamente solitaria. Cuando aparecieron los primeros altercados violentos, las autoridades de Atlantis se vieron obligadas a prohibir el juego y decretaron que la caja y sus figuras fueran devueltas a los malignos humanos que las habían creado.  

Los mismos dos tritones que trajeron la desgracia a su pueblo fueron los encargados de devolver el peligroso juego a sus abyectos hacedores, los humanos. Una fría noche de luna llena, cuando las estrellas iluminaban el negro firmamento, los tritones abandonaron la cajita en una playa cercana a Nápoles y regresaron a su país sumergido.

Desgraciadamente, algún tritón demasiado aferrado al juego incumplió la prohibición y tuvo la funesta idea de elaborar varias copias de la caja y de las piezas que contenía. En poco tiempo y pese a los esfuerzos de las autoridades, el reino de Atlantis volvió a sumirse en una nueva y definitiva espiral de confusión. Los tableros de ajedrez se multiplicaron hasta lo indecible y desde entonces nadie más ha divisado tritones en la superficie del mar.

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 5 de mayo de 2013.
Ilustración: Una sirena (1901) de John William Waterhouse.
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

martes, 23 de abril de 2013

El capità de la torre dels frares


Abandonades al peu de la torre,     
jauen malmeses les meves despulles         
sobre un mantell de tardorenques fulles;
sóc un capità a qui ningú socorre.
 

El fum negre per la torre discorre,         
no queden canons, ni braves patrulles;       
la tropa covarda per quatre xulles       
aquí m’ha deixat...  i encara ara corre!  
 

Tant se val si, dissortat, he caigut       
en explotar una bomba de mà         
o bé traït pels meus propis soldats.    
 

Aquí estic, sense botes ni taüt, 
passant les tristes hores en va 
mentre Hostalric crema per tots costats.

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 23 d'abril de 2013.
Imatge: La Torre dels Frares (Hostalric), de Joan Fontanillas Sánchez.
Text de Joan Fontanillas Sánchez.

martes, 16 de abril de 2013

Abradatas i Pantea


I – La reina de Susa

Disfressada entre les fidels serventes,
la formosa muller del rei de Susa
es tapa el rostre amb qualsevol excusa
mentre amaga les polseres lluentes.

Els soldats perses han entrat a empentes,
brandint dagues de bronze, gent intrusa,
han mort tots els guardes i pres la clusa
quan les hosts del marit eren absentes.

La vil soldadesca busca botí,
escorcollen les tendes, embogits,
i acaben descobrint la bella dama.

Pantea lamenta el funest destí
que els déus li reserven, esclaves nits,
mes no la forcen, car Cir la reclama.

II – El retrobament dels esposos

El rei Cir acull la reina de Susa,
protegint amb gran zel el seu honor,
i, vestint-la gentil amb teles d’or
com si fos sa germana, no n’abusa.

L’assíria Pantea està confusa
car el rei persa la tracta amb favor
i permet, a més, que el seu dolç amor,
Abradatas, torni amb tropa profusa.

Marit i muller s’abracen feliços,
i, agraint el gest del monarca persa,
li juren, ai, fidelitat al rei.

De nit resten sols, sopant bons anissos,
i s’expliquen tot en franca conversa,
recordant que a Cir li deuen servei.

III – La batalla de Sardes

Abradatas parteix a la batalla,
abillat amb or en elm i cuirassa,
quan Pantea clama que, si fracassa,
torni només com a trista mortalla.

Envesteix fort l’egípcia muralla
i molts soldats amb les armes traspassa
però tants són els morts que amassa,
que el seu propi carro tomba i s’encalla.

Abradatas cau del carro falçat
i tasta les cruels dalles bastardes
que tallen tova carn, os i tendrum.

Quan s’alça la lluna al cel estelat,
Cir ha vençut la batalla de Sardes,
mes el de Susa no veu ja la llum.

IV – El túmul al riu Pactol 

Quan rep la nova la reina Pantea,
es lamenta amb plors i crits de dolor,
car ha de contemplar el seu amor,
mort i mutilat, i pena li crea.

El valor demostrat Cir no menysprea
i ordena que apleguin un gran tresor,
i sacrifiquin cent bous en honor
del valent guerrer que estima Pantea.

Mes cap gest consola la trista esposa,
que erigeix un túmul al riu Pactol
i dóna instruccions, ai, als seus servents.

Punyal en mà es dóna mort dolorosa
i prop del marit jau, cercant condol,
havent après que breus són els valents.

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 16 d'abril de 2013.
Imatge: Relleu d'esfinx amb rostre de Darius I a Susa (s.VI i V a.C.).
Text de Joan Fontanillas Sánchez.

viernes, 5 de abril de 2013

El rey de las negras



La puerta del café se abrió con brusquedad y apareció, como cada martes, aquel niño. Todos conocían su extraña conducta. Las frases que solía proferir, sus gestos recurrentes. Su omnipresente madre siempre lo acompañaba, discreta y vigilante como un ángel de la guarda.

El muchacho, de apenas diez años, se acercó a una de las mesas donde un par de obreros de la fundición de Kiev jugaban al ajedrez tras un duro día de trabajo. Eran los tiempos del camarada Stalin. Varios hombres se arremolinaban en torno al tablero para seguir con especial interés el desarrollo de la partida. Una docena quizás. El niño aprovechó su baja estatura y fue introduciendo su diminuto cuerpo en la muralla humana hasta que al fin estuvo en primera fila y pudo contemplar las piezas.

La partida había alcanzado su punto culminante y, con varias y sutiles amenazas mutuas, podía decantarse en cualquier dirección. Los mirones no paraban de cuchichear jugadas tratando de adelantarse al curso de los acontecimientos y participar, de ese modo, de la gloria del vencedor.

Sin tener en cuenta la presencia de los jugadores y el resto de la gente, el muchacho agarró un alfil negro y realizó una jugada.

-          Niño, no toques las piezas. Que estamos jugando nosotros–advirtió uno de los jugadores al punto que rectificaba el movimiento.
-          ¡Pero si soy el rey las negras! –exclamó el chaval mientras repetía nuevamente la jugada de alfil.
-          ¡Señora, llévese al chico! Está molestando –avisaron varios de los espectadores.

Uno de los presentes se cargó de paciencia y, sacrificándose por el bien de todos, tomó al niño del brazo y lo sacó de la mesa. Le miró a los ojos para captar su atención y le propuso jugar una partida con él. El chico vaciló por unos instantes y, sin responder palabra alguna, se sentó en la mesa vecina, que también disponía de un tablero de ajedrez. El hombre lo interpretó como un sí y se sentó frente al muchacho.

-          A ver, Misha, ¿qué color prefieres? –preguntó el individuo con un tono mecánico y rutinario.
-          Negras. Yo soy el rey de las negras.

El hombre había escuchado docenas de veces la misma cantinela. El niño jamás llevaba las piezas blancas e, indefectiblemente, se reservaba el bando negro. De hecho, nadie en aquel garito recordaba una sola jugada del chico con blancas. Ni una sola jugada en dos años. Era una fijación absurda e irracional que, sin duda, delataba un funcionamiento anómalo y patológico en la mente del muchacho.

La partida entre el adulto y el chico fue rápida y mortal. El hombre jugó lo mejor que supo pero el chaval volvió a derrotarle con extrema facilidad. Siempre ocurría lo mismo. Imbatible con negras e inexistente con blancas. No recordaba cuántas partidas habían disputado ambos pero siempre terminaban con victoria del niño llevando las piezas negras.

La madre dio las gracias a ese señor tan amable y, tras abrigar a su hijo, se lo llevó de nuevo a su casa.

-          ¡Soy el rey de las negras!- volvió a exclamar el pequeño Misha mientras desaparecía por la puerta hasta el siguiente martes.

El hombre regresó de inmediato al corrillo de mirones y comprobó con satisfacción que la anterior partida entre los trabajadores de la fundición seguía en marcha. El jugador de negras, cómo no, se impondría gracias a la jugada de alfil que había sugerido el niño.


Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 5 de abril de 2013.
Ilustración: El niño del chaleco rojo (detalle) de Paul Cézanne (1888).
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

sábado, 30 de marzo de 2013

Viaje a Grecia



El psiquiatra lo había dejado bien claro: Jaime sufría ajedrecitis y tenía que abandonar el ajedrez. Al menos, por una temporada. Su esposa, llamada Laura, era consciente de que semejante situación requería un cambio drástico en sus vidas así que planeó un largo viaje por Grecia para aplacar el desmesurado y enfermizo afán ajedrecístico de su marido. La mujer estaba harta de tanto torneo y todavía recordaba cómo, en su noche de bodas, Jaime se empeñó en analizar un problema de ajedrez durante más de hora y media. 

El avión llegó al aeropuerto de Atenas tras una fugaz escala en Milán. Laura comprobó rápidamente que sus clases de griego clásico en el instituto resultaban del todo insuficientes para comprender una lengua que había ido evolucionando durante más de dos mil quinientos años. Apenas podía leer los letreros en voz alta y entender alguna que otra palabra suelta. Resultaba más práctico expresarse en un inglés básico y encomendarse a la buena fe de los lugareños.

Tomaron un taxi en la terminal del aeropuerto y, tras un paseo excesivamente largo, llegaron a la pensión que habían reservado con antelación. Cuando el coche se alejó, pudieron comprobar que la calle era más sórdida de lo que aconsejaba el sentido común. La basura se acumulaba por todas partes y un mendigo con la cara llena de ronchas hablaba solo mientras apuraba con hambre una hedionda lata de sardinas. Laura cogió de la mano a Jaime y ambos entraron en la pensión.

El recepcionista les llevó a su habitación. No era lujosa pero sí confortable. Además disponía de neverita –vacía- y televisor. Jaime encendió el aparato con la esperanza de encontrar algún programa de ajedrez al estilo de Leontxo García pero solamente halló las típicas películas bíblicas y algunas noticias confusas en las que, de vez en cuando, aparecían monjes y sacerdotes ortodoxos con sus barbas largas y pobladas. Fue entonces cuando Laura advirtió que estaban en plena Semana Santa.

Tras dos o tres días de largas caminatas y retorcidos trayectos en metro y autobús, la pareja ya había visitado la concurrida Acrópolis –Partenón incluido- y un montón de ruinas y museos. Curiosamente, el lugar que más agradó a Jaime fue sin duda uno de los lugares menos visitados de Atenas: el Museo Numismático, situado cerca de la plaza Sintagma, en la antigua casa del arqueólogo y expoliador Heimrich Schliemann. La causa de aquella predilección era que, en algunas de sus vitrinas, Jaime pudo deleitarse con la elegante presencia de un caballo en varias de las monedas. La efigie del equino burilado en plata, regio y solemne, Bucéfalo cuanto menos, se asemejaba tanto a una pieza de ajedrez que su febril imaginación no tardó en visualizar casillas y piezas en frugal armonía. Afortunadamente, Laura advirtió de inmediato que su esposo pegaba la cara al cristal con demasiado ahínco y, tomándole del brazo, abandonaron el museo a toda prisa sin reparar en las bonitas esvásticas que podían apreciarse en la verja del museo.

Alejado de las dracmas antiguas, Jaime recobró con celeridad un estado mental adecuado y pudieron proseguir las visitas por la capital griega. El hombre insistió entonces en pasear por la Placa, el barrio turístico por excelencia, y, de paso, adquirir algún souvenir en alguna de las numerosas tiendas que allí se aglutinan. No le pareció una mala idea a Laura y accedió gustosa a la propuesta pero, cuando paseaban en mitad del bullicio y comenzaron a vislumbrar los primeros tableros de ajedrez tallados a mano, la mujer tuvo que ponerse seria y, dando media vuelta, regresaron al hotel.

Participaron luego en algunas visitas guiadas al Canal de Corinto, la Micenas de Agamenón o el teatro de Epidauro, famoso por su enorme graderío semicircular con capacidad para catorce mil espectadores y una acústica todavía perfecta. También visitaron Delfos y su escarpado santuario en honor al imberbe Apolo. Todo muy bonito y, sobretodo, histórico. Sorprendía pensar que un país de científicos, filósofos y literatos, la cuna de la democracia, se hubiera convertido con el paso de los siglos en un país futbolizado y decadente que exprimía sin escrúpulos su pasado glorioso. Daba la sensación de que allí todo el mundo vivía del turismo. Desde los camareros hasta los conductores de autobús. Seguro que los niños griegos ya crecían queriendo ser vigilantes de museo. Ganarse la vida sentados en una silla, riñendo de vez en cuando a algún turista por hacerse fotos demasiado irreverentes junto a un dios esculpido en piedra. Años atrás, Italia les había provocado sensaciones similares aunque todavía era posible distinguir a un italiano de un griego. El primero era más sofisticado y solía vestir de marca e ir siempre acompañado de sus gafas de sol, aunque fuera en la oscuridad del metro. En cambio, el griego era más sencillo, igualmente gritón pero noble, de espíritu bucólico y pastoril.  

Laura hubiera preferido visitar todos esos lugares en un coche alquilado, para ir a su ritmo, pero ni ella ni su marido tenían permiso de conducir. Su capacidad de movimiento era por tanto limitada y ambos tendrían que conformarse con ir en un autobús para turistas.

Una señora decrépita y larguirucha, la guía, explicaba todo el recorrido en tres idiomas diferentes con la misma frialdad con la que una azafata de vuelo muestra la salida de emergencia en un avión. Quién sabe si ambas eran la misma persona, como Superman y Clark Kent.

Lo peor de las visitas guiadas era, sin duda, la velocidad. El autobús marchaba a toda prisa y solamente paraba en áreas de servicio y restaurantes cuya misión era desplumar a los visitantes con cafés, baratijas y postales. Una vez llegados al recinto turístico, la guía solía comentar una pequeña selección de los contenidos o, a veces, ni eso para que la visita concluyera pronto y el autobús volviera raudo a la carretera.   

Para no repetir la experiencia, decidieron ir por su cuenta a Olimpia. Laura planeó con esmero un largo recorrido en tren que bordeaba el Peloponeso y culminaba en Pyrgos, una ciudad segundona desde la que podrían tomar un taxi hasta Olimpia.

El viaje en tren fue de lo más pintoresco. Al principio todo marchó bien y tanto Jaime como Laura pudieron gozar del aire acondicionado y unas excelentes vistas de la costa griega pero, a medida que se internaban en la Grecia no turística, comenzaron a comprobar el grado de atraso que sufría el país en algunas de sus regiones. La gente vestía muy humildemente y las casas eran sencillas. Los trenes eran extremadamente viejos, tanto, que parecían sacados de un documental en blanco y negro. Culminó la travesía un niño, probablemente albanés, que tocaba su acordeón en busca de una fría limosna.

Llegados a Pyrgos, el matrimonio decidió tomar un buen almuerzo y encaminarse luego a Olimpia. Tras deambular un rato por las calles de esa insulsa ciudad, Laura creyó detectar un bar y se adentró en el garito mientras Jaime, su sudoroso esposo, aguardaba en la entrada con las maletas. La mujer logró hacerse entender y en poco tiempo regresó con un par de pitas rellenas de toda clase ingredientes, comenzando por la carne de cerdo y acabando por una suculentas patatas fritas.

Sorprendida, la mujer no halló a su marido aunque sí estaban las maletas. Abandonadas en la acera. Laura se extrañó y miró alarmada en todas direcciones. No había rastro de su marido. Temiendo lo peor, se asustó y comenzó a gritar el nombre de su esposo sin que éste regresara: -¡Jaime! ¡Jaime! Una de las pitas cayó al suelo y se espachurró contra el cemento. Los lugareños comenzaron a observarla con creciente curiosidad sin acabar de entender qué le ocurría a aquella extranjera.

Fue entonces cuando Laura vio aquel cartel en uno de los cristales del bar. Estaba en griego y la mujer no acababa de entender con exactitud lo que ponía en él pero la imagen retocada de unas piezas de ajedrez dejaba bien claro que allí se anunciaba un torneo: el I Campeonato Internacional de Pyrgos. Laura sabía lo que aquella ausencia significaba. Nunca más volvió a verle.  

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 30 de marzo de 2013.
Ilustración: Fotografía del Partenón, en la Acrópolis ateniense.
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Necessito


Necessito estar amb tu       
i explorar el teu relleu,   
perfil de cos jove i nu    
que lluny de mi sempre jeu.

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 21 de març de 2013.
Il·lustració: Study of Anne Finlay de Eric Harald Macbeth Robertson (1887-1941).
Text de Joan Fontanillas Sánchez.