domingo, 30 de diciembre de 2012

Cambio de canal



Harto de la programación que emitían en televisión, cambié de canal con mi mando a distancia. Como no me gustó lo que daban, repetí la operación varias veces hasta que, para mi sorpresa, me vi a mi mismo en el interior de la pantalla. Antes de que yo pudiera evitarlo, mi doble pulsó su mando y me apagó.

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 30 de diciembre de 2012.
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Envidia



Siempre que coincidían en algún torneo, lo observaba desde lejos, con disimulo. Se mantenía a una distancia prudencial, para no levantar sospechas, y seguía todos sus movimientos por insignificantes que pudieran parecer. No se perdía detalle alguno –sus gestos, sus frases- y retenía en su mente cualquier aspecto o anécdota relacionada con su persona. Incluso era capaz de recordar un montón de partidas suyas y el desenlace de las mismas.

Su interés no era fruto de la admiración, sino más bien del odio. Un odio antiguo y visceral, surgido de las profundidades de su inconsciente más remoto y alimentado durante años de silenciosa frustración. Le odiaba con toda su alma por todo lo que representaba. Deseaba su desgracia y, de haber sido posible, hubiera colaborado en hacerla realidad.

Durante todos aquellos años apenas habían cruzado un par de palabras, meros formalismos en el saludo, conversaciones vanas y prescindibles sobre el tiempo o el desarrollo de la competición, y quizás algún apretón de manos antes de comenzar la partida. La causa de todo ello radicaba en que su nivel de juego era diametralmente opuesto y raramente coincidían en los emparejamientos. Mientras uno jugaba siempre en los primeros tableros, rodeado de profesionales del ajedrez y creando obras de arte con los trebejos, el otro se perpetuaba indefectiblemente en la cola de la clasificación, derrochando jugadas imprecisas ante aficionados también mediocres.      

Pero lo que más detestaba en él era su porte tranquilo, su serenidad ante la derrota. Se notaba que, siendo un vulgar aficionado, no dependía de los resultados y jugaba por diversión. Todavía se sorprendía ante el tablero, disfrutaba del ajedrez y no se veía en la necesidad de amañar resultados o recurrir a triquiñuelas para ganar los premios y llegar a final de mes. A diferencia de él, era un individuo normal y corriente con un trabajo serio, familia y futuro.

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot,com el 28 de diciembre de 2012.
Ilustración de Joan Fontanillas Tapiol.
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

martes, 25 de diciembre de 2012

Por qué abandoné el ajedrez



Me llamo María y tengo veinte años. Descubrí el ajedrez en la escuela primaria, cuando apenas tenía nueve. El centro ofrecía clases extraescolares a todos sus alumnos y mis padres decidieron apuntarme al taller de ajedrez que un monitor venía impartiendo con éxito en la escuela desde hacía varios cursos. Se les dijo que el ajedrez estimularía mi mente y potenciaría mi capacidad para el cálculo mental, la toma de decisiones y el grado de concentración.

La verdad es que se me daba bastante bien. Aprendí con rapidez el movimiento de las piezas y, aunque era novata, destacaba entre los chicos de mi edad. Ya se sabe que las chicas solemos ser más estudiosas. Empecé a leer algunos libros de ajedrez y en pocos meses llegué a ser la primera de mi clase. El monitor sugirió a mis padres que podía ser una buena idea federarme en su club y disputar los campeonatos escolares que cada año se celebraban en la ciudad.

Fue entonces, al competir fuera de la escuela, cuando reparé en que la mayoría de jugadores eran chicos. Nosotras éramos una minoría y raramente ocupábamos los puestos de cabeza en los torneos. Cuando asistí a campeonatos abiertos para todas las edades, constaté que la tendencia se mantenía entre los adultos. Por cada cien jugadores había sólo una participante femenina que solía alcanzar resultados medios o incluso bajos.

Este hecho me pareció un sinsentido. Si el ajedrez era un deporte mental y las chicas éramos mejores estudiantes, deberíamos copar los mejores resultados o, como mínimo, ser tan competitivas como cualquier hombre.

También me sorprendió –y negativamente- que los torneos, empezando por los campeonatos escolares, tenían reservados unos premios a las mejores féminas como si compitiéramos en una liga independiente. Como si fuéramos diferentes, como si nuestro cerebro fuera distinto. Podía entender que hubiera diferencias en atletismo o judo, donde la superioridad física del hombre está fuera de toda duda, pero me sublevaba aquel tratamiento diferencial. Me enteré incluso de que existían unas titulaciones reservadas exclusivamente al género femenino: Maestra FIDE Femenina, Maestra Internacional Femenina y Gran Maestra Internacional Femenina. Por supuesto, existía una versión absoluta –o mejor dicho, masculina- de dichos títulos que algunas –pocas, muy pocas- mujeres habían alcanzado también.

Se me dijo que todo ello respondía a un intento de los organizadores por popularizar y extender el ajedrez entre nosotras. Se me habló de una tradición eminentemente masculina que durante siglos había apartado del tablero a las mujeres y de que ahora se trataba de invertir y corregir esa tendencia. Se me argumentó en favor de la discriminación positiva y llegué a creerla.

Comencé a participar en torneos escolares y, en poco tiempo, logré todos los premios femeninos. Competíamos mezcladas con los chicos pero siempre había reservada una tripleta de copas para las mejores féminas. Éramos francamente pocas y a veces me daba la sensación de que en realidad competía sola. Llené mi habitación de trofeos pero ninguno absoluto, masculino. A la mínima que me encaramaba a los puestos de cabeza, algún chico me derrotaba y volvía a estar entre el pelotón. De este modo, quedaba vigésima de la clasificación mixta pero campeona femenina de mi edad. Así transcurrieron mis años de benjamín, alevín, infantil y cadete. Resumiendo, crecí entre algodones.

Cuando llegué a la pubertad y di un estirón, algo cambió. Los mejores jugadores de mi edad, que antes me ignoraban, empezaron a codearse conmigo y trataban de ser mis amigos. Me tiraban los tejos. Y no les voy a engañar, me gustaba. Pero pronto comprendí que era el principio del fin.

Como todas las chicas, soy presumida y me gusta arreglarme. Me ponía mis mejores galas, acudía a los torneos y pagaba mi inscripción reducida. Como si se tratara de una discoteca, las mujeres siempre pagábamos menos. ¡Vaya usted a saber por qué! Entonces me sentaba a jugar y daba igual contra quién fuera o en qué tablero jugara. Siempre tenía un corrillo de mirones a mi alrededor que escrutaba cada detalle de mi partida o, mejor dicho, de mi persona. Lo deportivo carecía de importancia. Nadie prestaba atención a mi ataque de minorías o a mi sutil cambio de piezas. Todos clavaban sus ojos en mi escote o se colocaban estratégicamente para ver mis braguitas bajo la minifalda. Ejercía de gogó ajedrecística. Sé que algunas de mis compañeras se vestían así a propósito para despistar a los rivales pero yo lo hacía simplemente por estar guapa y me ponía muy nerviosa que los viejos verdes babearan a mi costa. Incluso los Grandes Maestros se aproximaban a mi partida y pavoneaban todo lo posible. Se inmiscuían en los análisis post mortem y trataban de seducirme con sus acertados comentarios. Se diría que confundían el tamaño de su Elo con el del pene. Los muy cretinos pensaban que caería rendida a sus pies.

En Internet pasaba lo mismo. Cuando entraba en la web de ajedrez para echar unas partidas rápidas, en poco tiempo se formaba a mi alrededor un grupito de aduladores y empezaban a preguntarme en el chat qué edad tenía, si era rubia o morena o, puestos a pedir, si tenía novio. Los había incluso que, directamente, me insultaban y tecleaban auténticas burradas. Comprendí demasiado tarde que fue un error adoptar un seudónimo femenino y colgar una de mis mejores fotos en la red. La gente no quería jugar conmigo sino ligar. Y lo peor de todo es que muchos de los que me agobiaban eran hombres casados y con hijos que se hacían pasar por chicos de mi edad.

Así fue como decidí abandonar este mundillo y pasarme a la danza. Allí nadie me agobia y los pocos hombres que comparten afición conmigo suelen tener otro tipo de inclinaciones.

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 25 de diciembre de 2012.
Ilustración: Dos bailarinas en el escenario de Edgar Degas (1874).
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.

martes, 18 de diciembre de 2012

Llàgrimes de sal


Llàgrimes de sal plora la morena
d’ulls blaus com el mar i res no l’anima,
sinó que perd pes i ràpid s’aprima,
quan encara no compleix la vintena.

No plora per amor, sinó de pena,
en veure com aquells qui més estima
volen controlar, carques, amb qui intima
i, pel què diran, li giren l’esquena.

Filla exemplar, els omplia de joia
quan, bella i culta, destacava en tot,
mes ara mateix ningú la perdona.

Què més dóna si els petons de la noia
no besen els llavis d’un ferm xicot
sinó la pell suau d’una altra dona?

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 18 de desembre de 2012.
Il·lustració de Gustav Klimt, Les amigues, 1916-1917.
Text de Joan Fontanillas Sánchez. 

jueves, 6 de diciembre de 2012

Sota la lluna


Desperto en un mar de suaus llençols,
esgotat pels amors de la vesprada,
quan són les dues de la matinada
i, sota la lluna, estem tots dos sols.

Dorms, com de costum, en dolços bressols
que acarona amb goig la nit estelada
mentre tu somies, ben confiada,
amb verds abrils i càlids juliols.

Em sento l’home més feliç del món,
capaç de sotmetre déus i gegants,
mentre visqui, joiós, al teu costat.

Només un pensament em treu la son:
fins quan aquests dos feliços amants
podran compartir el cel estrellat?

Publicat a www.lasiringadepan.blogspot.com el 6 de desembre de 2012.
Publicat en traducció castellana a www.vanalaire.blogspot.com el 12 de gener de 2013.
Il·lustració: Amants de Marc Chagall (1887-1985).
Text de Joan Fontanillas Sánchez.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ajedrez 960



La furgoneta avanzaba a gran velocidad por la autopista. Su conductor, un barbudo maloliente, asía el volante con pasmosa tranquilidad mientras pisaba a fondo el acelerador. Los pitidos que le dedicaban los otros coches apenas le incomodaban y daba la sensación de que Ruperto, pues así se llamaba el hombre, podía estrellar su vehículo en cualquier curva. 

A su lado viajaba Peter Svidler, uno de los mejores ajedrecistas del mundo, vencedor en varios torneos de súper elite y eterno aspirante al trono mundial del ajedrez. El ruso parecía muy asustado, tal y como delataba la aterrada expresión de sus ojos, pero apenas se movía de su asiento. Principalmente porque estaba atado y amordazado en el interior de la furgoneta. El cautivo llevaba un chichón en la frente, sin duda fruto de la resistencia ofrecida, con una herida sanguinolenta que todavía supuraba.

Ruperto dio un volantazo y, marcando el asfalto con la goma de sus neumáticos, tomó la salida más próxima. La furgoneta comenzó a circular velozmente por carreteras secundarias. Los baches eran frecuentes y la sensación de peligro no hacía sino aumentar en cada recodo.

El ruso empezó a agitarse y proferir sonidos desesperadamente pero la mordaza que sellaba sus labios no permitía comprender ni una sola de sus palabras. Quizás el trayecto era demasiado sinuoso para su gusto. Ruperto decidió dar un respiro a su acompañante y, de un tirón, arrancó el esparadrapo que acallaba al ajedrecista.

Svidler aprovechó la ocasión para exigir, o más bien implorar, su inmediata liberación.

GM Svidler: – ¡Pare inmediatamente el coche, que nos va a matar! ¡Y haga el favor de soltarme! Soy Peter Svidler, el ajedrecista.

Ruperto: – Ya sé quién es usted. ¿De verdad cree que su secuestro ha sido casual? Sé lo que me hago. Usted nació en Leningrado el 17 de junio de 1976, aprendió a jugar a los seis años y en 1994 ya ostentaba el título de Gran Maestro, ha ganado varias veces –cuatro que yo sepa- el Campeonato de Rusia y ha rozado el campeonato del mundo en varias ocasiones. ¿Quiere que ponga una cinta de Bob Dylan? Sé que es su cantante favorito.

GM Svidler: – ¡Pero si yo no le he hecho nada! Suélteme, por favor. Veo que es usted aficionado al ajedrez. Sabe muchas cosas de mí. Si realmente ama este juego, debe soltarme.

Ruperto: – ¿Cómo? ¿Que usted no me ha hecho nada? ¿Que debo soltarle por amor al juego? ¿Está de broma? Deje de mentir, sabe que es justamente lo contrario.

El ruso lanzó una confusa mirada a su captor. Empezó a comprender que el móvil de su secuestro no era económico y que, para mayor desgracia, se hallaba sentado junto a un demente peligroso. ¿Por qué precisamente a él? Siempre se había mostrado prudente y, a diferencia de varios de sus colegas, nunca se había metido en política. Algo en su interior le urgió a cambiar de estrategia y seguir la corriente a ese chalado para ver qué pretendía con todo aquel numerito.

GM Svidler: – No le comprendo. Explíquese, para que yo pueda entender.

Ruperto: – Debería darle vergüenza. ¿Cómo se atrevió a participar en aquella farsa de Mainz?

GM Svidler: – ¿Mainz? He jugado varias veces en Alemania pero siempre han sido torneos serios. Si se refiere a mis victorias ante Leko, Aronian o Almasi son justas y meritorias.

Ruperto: – ¿Torneos serios? ¿Qué dice? Pero si alteraron deliberadamente el reglamento del ajedrez. Sortearon la posición inicial de las piezas como si el ajedrez fuera un juego de azar, como los dados o la ruleta. Es ridículo que un ordenador baraje las piezas como si de naipes se tratara y luego los esparza caóticamente sobre el tablero. Entonces se producen situaciones absurdas como que enrocarse se convierte en un auténtico follón porque a saber dónde han ido a parar el rey y las torres. Hay una cosa que se llama tradición y el deber de todo ajedrecista es respetarla.

GM Svidler: – No me diga que es usted un purista del juego. El ajedrez 960 es una variante del ajedrez clásico perfectamente legítima y aceptada por mucha gente. El mismísimo Bobby Fischer afirma que el ajedrez convencional ha muerto debido al análisis exhaustivo de las aperturas y que solamente un sorteo inicial de la posición de las piezas puede asegurar nuevas posibilidades y un terreno virgen donde jugar en libertad. Imagínese. 960 maneras diferentes de comenzar la partida. Eso sí es creatividad. 

Ruperto: – Si usted quiere ser campeón del mundo de ajedrez lo que tiene que hacer es jugar con más acierto y derrotar a los que, por ahora, son mejores que usted. Su título de campeón del mundo de ajedrez 960 es un chiste. Peor aún, es una burla al sentido común. El ajedrez clásico tiene millones, trillones de posibilidades que ni usted ni yo hemos analizado. Es absurdo cambiar de juego cuando el ajedrez todavía no se ha agotado. Y no me cite a Fischer, que está loco.

GM Svidler: – Tiene gracia que llame loco a Fischer. Usted, que secuestra a gente y se la lleva en furgoneta para sermonearla sobre la pureza del ajedrez. Creo que yo, que soy un profesional, puedo opinar con cierto conocimiento de causa sobre el tema. En cambio, ¿quién es usted? Un secuestrador. Un fanático que adora y habla de un juego sin dominarlo.

Cuando hubo dicho esto, el Gran Maestro se arrepintió de haber dado rienda suelta a su lengua. Su situación era precaria y encender los ánimos del hombre que lo tenía atado era altamente peligroso. Miró de reojo a su captor para escrutar en su semblante qué reacción habían podido causar sus temerarias palabras. 

Ruperto apenas se inmutó. No parecía tener el orgullo herido. Aminoró la velocidad de su vehículo y tomó un sendero poco transitado que atravesaba un bosque espeso y solitario. Un sol potente se filtraba entre las hojas de los árboles y caldeaba el interior de la furgoneta. No había aire acondicionado. 

Como la última conversación no había sido de su agrado, Ruperto encendió su radio y sintonizó una emisora de música clásica. Una intrincada melodía para piano envolvió el ambiente. Eran las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Svidler optó por permanecer en silencio.

Quizá pasaron unos veinte minutos sin que nadie dijera nada. Música y nada más que música. Al fin llegaron a lo que parecía ser una vieja cabaña de madera. Los troncos estaban pelados y parecían roídos por la carcoma. Ruperto detuvo la furgoneta y, tras cerciorarse de que no había nadie por allí, apagó el motor, sacó las llaves del contacto y se apeó del vehículo. Respiró hondo y entró en la cabaña. 

El cautivo aprovechó la oportunidad y trató de soltarse pero comprobó rápidamente que quitarse un cinturón de seguridad estando atado de pies y manos era imposible. Recordó entonces que todavía llevaba su teléfono móvil en el bolsillo. Retorció sus articulaciones todo lo que pudo, superó el dolor, ignoró el chasquido sordo de su hombro al desencajarse y logró hacerse con el teléfono. Escuchó entonces cómo la puerta de la cabaña se abría. Marcó desesperadamente el primer número que pudo y camufló el aparato bajo sus piernas. Si alguien escuchaba la conversación, quizá podría avisar a la policía y solucionar el entuerto. Svidler fingió docilidad y esperó a su captor.

Ruperto llegó con una amplia sonrisa en los labios. Una sonrisa de satisfacción. Secó el sudor de su frente con un pañuelo blanco y, mirando al secuestrado, le explicó su propósito.

Ruperto: – Mire usted. Como veo que no valora adecuadamente el orden que tienen -y deben seguir teniendo- las cosas, le haré una demostración práctica. Usted dice que la colocación inicial de las piezas es pura anécdota, que no importa. Para demostrarle que no es así, haremos lo siguiente. ¿Ve este serrucho? Lo utilizaré para serrarle las extremidades, sortearé luego la posición en que deben ir y, para que vea que no soy rencoroso, posteriormente se las coseré con total esmero. 

Publicado en www.lasiringadepan.blogspot.com el 2 de diciembre de 2012.
Texto de Joan Fontanillas Sánchez.